Dioses menores
«No hay nada más triste que un dios menor que se cree importante»
Durante mucho tiempo, hice todo lo posible por convertirme en un dios mayor. Mi primer referente fue una prima mía por parte de madre: la diosa de la inflación.
—Esfuérzate mucho —me dijo siendo yo pequeño—, y tal vez un día tú también puedas llegar a ser un dios mayor al igual que tu prima. Y, quién sabe, puede que dictes el destino de millones de personas a diario. Como yo.
—Sí, prima.
—Mira a aquel tipo de allí.
Señaló a nuestro vecino: el dios menor de la lotería. Él y mi prima habrían hecho un equipo fantástico si ella lo hubiese permitido.
—Es un fracasado —continuó.
—Parece simpático.
—Y es simpático, sí, el pobre. Pero, cuando te paras a pensarlo, también es insignificante.
—¿Qué quiere decir eso?
—Que se cree importante y no lo es. Y no hay nada más triste que un dios menor que se cree importante. Repite conmigo.
—No hay nada más triste que un dios menor que se cree importante —dijimos al unísono.
—Muy bien, primo. Llegarás a ser un dios mayor de puta madre.
Tras echar decenas de solicitudes, me rechazaron de todas las universidades de dioses mayores, pero no me rendí. Tracé un nuevo plan: empezaría desde abajo y ascendería como pudiera en la jerarquía, hasta llegar al anhelado título de dios mayor. Le rogué a mi prima que intercediera por mí y me buscara un puesto como becario en la oficina de alguno de sus amigos.
—No voy a poder encontrarte nada, primo. ¿Quién te crees que soy, el dios mayor del desempleo? El mercado anda fatal. Ningún dios mayor está contratando.
—¿Y algún dios menor?
—Yo no conozco a ningún dios menor.
—¿Y qué hay del vecino?
—¡Ese es un fracasado!
Así pues, busqué trabajo por mi cuenta. Mi prima no mentía, no había muchas oportunidades. La única faena que encontré fue como aprendiz de un viejo dios menor. Un dios menorcísimo. Concretamente, era el dios menor de las llaves que no abren la puerta hasta que las meneas un poquito hacia delante y hacia atrás. Era un tipo agradable, un anciano sin grandes pretensiones. Quería prejubilarse, y para ello traspasar el negocio a alguien.
—Es un oficio humilde —me dijo—, pero es mi oficio. Quiero que quede en buenas manos. ¿Entiendes?
No lo entendía en absoluto. Yo solamente buscaba un lugar donde empezar cuanto antes a ascender en el escalafón.
—Sí, claro que lo entiendo —le contesté.
Si lograba ganarme su favor, me nombraría su sucesor. A partir de ahí, haría contactos con esferas cada vez más altas de la sociedad de dioses. Aprendí en profundidad el oficio, aunque era modesto y sencillo, sin mucha técnica en la que ahondar. Podían pasar días enteros en los que no conseguía que ninguna llave se atascara: las cerraduras por aquel entonces eran bastante indulgentes, meramente una ligera disuasión del allanamiento.
El fin de nuestro trabajo como dioses es que un humano reconozca o implore nuestra participación en su vida. Mi prima y nuestro vecino reciben a diario millones de plegarias cada uno:
—Por dios, que dejen de subirme el precio del alquiler —ruega una nube de voces a mi prima.
—¡Dios, gracias, dios! —exclama de vez en cuando un ama de casa a la que le han tocado cinco mil euros en el Euromillones.
A mi jefe y a mí, sin embargo, nadie nos rezaba ni nos agradecía nada. De vez en cuando, un humano meneaba la llave en una cerradura atascada y gritaba:
—¡Me cago en dios!
Un día, compartí mi frustración con mi mentor.
—No paran de cagarse en usted, jefe.
—Ya. ¿Te crees que no lo sé? Se llevan cagando en mí desde hace siglos.
—Ahora entiendo que se quiera jubilar.
—No te confundas, chico. Yo adoro este trabajo.
—No le creo. ¿Por qué?
—Pues porque alguien tiene que hacerlo. Ya me entenderás.
El anciano, de todas maneras, decidió que yo ya estaba preparado para heredar el negocio, y pasé a ser oficialmente en el nuevo dios menor de las llaves que no abren la puerta hasta que las meneas un poquito hacia delante y hacia atrás. Durante varias décadas, continuó siendo un trabajo sin galardones, aunque aquello cambió el día en que el ilustre ingeniero Don Linus Yale Jr. inventó la cerradura de cilindro: mi carrera despegó, imparable. Cómo gocé de mis mejores días, en los que estas nuevas cerraduras eran tan seguras y exactas que costaba abrirlas hasta con la llave que les correspondía. Podía intervenir en casi todas las ocasiones en las que alguien trataba de entrar en su casa o en su negocio. Hacía perder a los humanos unos cuantos segundos de su escaso y valioso tiempo vivos y si, por la razón que fuese, tenían prisa, se ponían nerviosos y les costaba más aún.
Por desgracia, a pesar de ser hilarante, no tardó en sobrepasarme: «me cago en dios» por aquí, «me cago en dios» por allá. No resultaba sencillo aguantar tanta negatividad a diario. Hasta que, una tarde, una joven introdujo la llave en el cerrojo de su casa. Era el día antes de su boda y llegaba agotada de hacer los preparativos. Vi la oportunidad y la aproveché: atasqué el cilindro y tuvo que meter y sacar la llave varias veces. Estuvo así un buen rato. Se frustró tanto que cada vez estaba más lejos de lograrlo, y yo disfrutaba al máximo del momento. Mientras luchaba con la cerradura, se imaginó a su prometido al otro lado de la puerta, tirado en el sofá, como siempre, bebiendo cerveza, embutido en una camiseta interior amarillenta, rodeado de migajas de pan por toda la tapicería.
—¿Dónde has estado? —le preguntaría él cuando ella consiguiera abrir la puerta.
—Haciendo recados —contestaría ella—. Alguien tenía que hacerlos. Y tú, ¿qué? ¿Estás cómodo?
—Sí —diría él—. Aquí estoy.
La chica cerró los ojos con la cabeza de la llave asida con fuerza. Contempló su futuro, tras convertir al día siguiente a aquel zángano en su marido, hasta que la muerte los separase. Día tras día la cerveza, la camiseta amarillenta, las migas en el sofá. Se detuvo en su empeño de abrir la puerta, dejando la llave encajada ahí mismo. Dio media vuelta con la intención de no volver jamás, murmurando para sí:
—Gracias a dios.
No fue mucho más tarde que el avance de la tecnología en la cerradura de cilindro redujo mi trabajo sustancialmente. Quedó claro que las cerraduras y las llaves eran cosa del pasado, y decidí que era hora de reinventarme. Tras realizar un exhaustivo estudio de mercado, me convertí en el dios menor de los cables USB que no entran del derecho ni del revés hasta que los miras. Todavía nadie me ha rezado ni me ha dado las gracias. Eso sí, muchos se cagan en mí. Pero tampoco me importa mucho; ya aprendí a vivir, como mi mentor, sin grandes pretensiones. Y es que mi prima estaba en lo cierto: no hay nada más triste que un dios menor que se cree importante.



me encanta 🙂↕️